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¿Cuántas veces lloverán los versos,
que sin remedio me vieron morir?
¡Cuántos poemas más rotos,
que presos bajo el cielo de París!

Diviso, ataúdes de negra escarcha,
sobre el reloj de arena, envuelto en sal,
en el trigo rojo del verde camino,
por la rota amapola de mi rosal.

Resplandece la eterna locura,
en el sueño de mi estrella fugaz,
siendo segundo, bajo La Luna,
la rauda caricia de la felicidad.

Cincel dorado que apuñala el alma
y resquebraja el llanto de tu partir,
corazón envuelto de frío acero
en la cruel batalla del verbo sentir.

Caigo, como el Dios tras los olivos,
bañando calas en el sin sentido,
y en cada Alba muerdo los latidos
de tu sonora mirada en mi quejido.

En la desazón de tu mar adentro,
me abrazo al verde de tus olas
y en el acantilado de tus besos,
mueren, en tus silencios, mis horas.

 

MEGT Eugenia Tavío.

© Derechos reservados.

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